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NADA LEO, 16

Uno de los amigos de Andrea, Iturdiaga, cuenta su situación de enamorado ciego. Los diferentes mundos de cada uno de los personajes se van poniendo así de manifiesto.


He querido contaros mi nueva aventura desde que llegué y me he distraído. Anoche mismo encontré mi alma gemela, la mujer ideal. Nos hemos enamorado sin decirnos una sola palabra. Ella es extranjera. Debe de ser rusa o noruega. Tiene pómulos eslavos y los ojos más soñadores y misteriosos que he visto. Estaba en aquel mismo cabaret donde vi a Jaime, pero parecía descentrada allí. Iba elegantísima y la acompañaba un tipo extraño que se la comía con los ojos. Ella le hacía muy poco caso. Estaba aburrida, parecía nerviosa… En ese momento me miró… Fue un segundo solamente, amigos, pero ¡qué mirada! Me lo decía todo con ella: sus sueños, sus esperanzas… Porque he de advertiros que no es una aventurera, se trata de una muchacha tan joven como Andrea, delicada, purísima…

—Te conozco, Iturdiaga. Ya tendrá cuarenta años, llevará el pelo teñido y habrá nacido en la Barceloneta…

—¡Guíxols! —gritó Iturdiaga.

Perdona, noi, pero sé cómo las gastas…

——Bueno, pues, no termina ahí la aventura. En aquel momento el tipo que la acompañaba volvió porque había ido a pagar la cuenta y los dos se levantaron. Yo no sabía qué hacer. Cuando llegaban a la puerta, la muchacha se volvió a mirar hacia dentro del cabaret, como buscándome… ¡Amigos! Salté de la silla, dejé el café sin pagar…

—Luego era café y no absenta.

—Dejé el café sin pagar y corrí tras ellos. En aquel momento mi rubia desconocida y su acompañante subían a un taxi… No sé lo que sentí. No hay palabras para expresar aquel desgarramiento… Porque ella cuando me miró la última vez lo hizo con verdadera tristeza. Era casi una llamada de socorro. Hoy he pasado todo el día medio loco buscándola. Es necesario que la encuentre, amigos míos. Una cosa así, tan fuerte, no pasa más que una vez en la vida.

—A ti (que eres un ser privilegiado) te sucede cada semana, Iturdiaga….

NADA LEO, 14

Los exámenes de aquel curso eran fáciles, pero yo tenía miedo y estudiaba todo lo que podía.
—Te vas a poner enferma —me dijo Pons—. Yo no me preocupo. El curso que viene será otra cosa, cuando tengamos que hacer la reválida.
La verdad es que yo estaba empezando a perder la memoria. A menudo me dolía la cabeza.
Gloria me dijo que Ena había venido a ver a Román a su cuarto y que Román había estado tocando sus composiciones de violín para ella. Gloria, de estas cosas, estaba siempre bien informada.
—¿Tú crees que se casará con ella? —me preguntó de improviso, con aquella especie de ardor que le comunicaba la primavera.
—¡Ena casarse con Román! ¡Qué estupidez más grande!
—Lo digo, chica, porque ella parece bien vestida, como de buena familia… Tal vez Román quiere casarse.
—No digas necedades. No hay nada entre ellos en ese sentido… ¡Vamos! ¡No seas tonta, mujer! Si Ena ha venido, puedes estar segura de que ha sido sólo por oír la música.
—¿Y por qué no ha entrado a saludarte a ti?
El corazón parecía que se me iba a saltar del pecho, tanto me interesaba todo aquello.
Veía a Ena en la universidad todos los días. A veces cambiábamos algunas palabras. Pero ¿cómo íbamos a hablar de nada íntimo? Ella me había alejado por completo de su vida.

Así comienza el capítulo 14. Un repaso a los estudios y en seguida las relaciones personales. Ena se ha acercado a Román, ¿por qué será? y se ha distanciado, enormemente, de Andrea. Las personas tenemos, a veces, motivaciones ocultas, de las que no siempre somos conscientes que nos llevan a comportarnos de una u otra manera. ¿Será esto lo que está pasando entre Ena y Andrea? ¿Cómo lo ves tú?

UN POEMA QUE ENREDA EL TÚ Y EL YO

La vida en otra parte, donde tú estés

Qué alegría,
vivir sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida —¡qué transporte ya!—, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable de un cielo oscuro,
de un paisaje blanco,
recordaré estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

Pedro Salinas, 1933
La voz a ti debida (1933)

¿Sientes esa no muerte?

NADA LEO, 12

¡Qué días incomparables! Toda la semana parecía estar alboreada por ellos. Salíamos muy temprano y ya nos esperaba Jaime con el auto en cualquier sitio convenido. La ciudad se quedaba atrás y cruzábamos sus arrabales tristes, con la sombría potencia de las fábricas a las que se arrimaban altas casas de pisos, ennegrecidas por el humo. Bajo el primer sol los cristales de estas casas negruzcas despedían destellos diamantinos. De los alambres de telégrafos salían chillando bandadas de pájaros espantados por la bocina insistente y enronquecida…

Ena iba al lado de Jaime. Yo, detrás, me ponía de rodillas, vuelta de espaldas en el asiento, para ver la masa informe y portentosa que era Barcelona y que se levantaba y esparcía al alejarnos, como un rebaño de monstruos. A veces Ena dejaba a Jaime y saltaba a mi lado para mirar también, para comentar conmigo aquella dicha.

Ningún día de la semana se parecía Ena a esta muchacha alocada, casi infantil de puro alegre, en que se convertía los domingos. A mí – que venía del campo- me hizo ella ver un nuevo sentido de la Naturaleza en el que ni siquiera había pensado. Me hizo conocer el latido del barro húmedo cargado de jugos vitales, la misteriosa emoción de los brotes aún cerrados, el encanto melancólico de las algas desmadejadas en la arena, la potencia, el ardor, el encanto esplendoroso del mar.

– No hagas historia! – me gritaba desesperada cuando yo veía en el mar latino el recuerdo de los fenicios y de los griegos. Y lo imaginaba surcado (tan quieto, esplendente y azul) de naves extrañas.

Ena nadaba con el deleite de quien abraza a un ser amado. Yo gozaba una dicha concedida a pocos seres humanos: la de sentirse arrastrada en ese halo casi impalpable que irradia una pareja de enamorados jóvenes y que hace que el mundo vibre más, huela y resuene con más palpitaciones y sea más infinito y más profundo.

Comíamos en fondas a lo largo de la costa o en merenderos entre pinos, al aire libre. A veces llovía. Entonces Ena y yo nos refugiábamos bajo el impermeable de Jaime, quien se mojaba tranquilamente …Muchas veces me he puesto algún chaleco de lana, o un jersey suyo. Él tenía una pila de estas cosas en el automóvil en previsión de la traidora primavera. Aquel año, por otra parte, hizo un tiempo maravilloso. Me acuerdo de que en marzo volvíamos cargadas de ramas de almendro florecidas y en seguida empezó la mimosa a amarillear y a temblar sobre las tapias de los jardines.

Estos chorros de luz que recibía de mi vida gracias a Ena, estaban amargados por el sombrío tinte con que se teñía mi espíritu otros días de la semana. No me refiero a los sucesos de la calle de Aribau, que apenas influían ya en mi vida, sino a la visión desenfocada de mis nervios demasiado afilados por un hambre que a fuerza de ser crónica llegué casi a no sentirla. A veces me enfadaba con Ena por una nadería. Salía de su casa desesperada. Luego regresaba sin decirle una palabra y me ponía a estudiar junto a ella. Ena se hacía la desentendida y seguíamos como si tal cosa. El recuerdo de estas escenas me hacía llorar de terror algunas veces cuando las razonaba en mis paseos por los arrabales, o por la noche, cuando el dolor de cabeza no me dejaba dormir y tenía que quitar la almohada para que se disipara. Pensaba en Juan y me encontraba semejante a él en muchas cosas. Ni siquiera se me ocurría pensar que estaba histérica por la falta de alimento. Cuando recibía mi mensualidad iba a casa de Ena cargada de flores, compraba dulces a mi abuela y también me acostumbré a comprar cigarrillos, que ahorraba para las épocas de escasez de comida, ya que me aliviaban y me ayudaban a soñar proyectos deshilvanados.

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Esta escena de este capítulo 12 está cargada de ensueño y de imágenes cinematográficas: el coche deslizándose por las solitarias carreteras, los protagonistas melena al viento, … Más allá de todo eso, Andrea, sigue mostrándonos sus sentimientos, sus conflictos emocionales, sus problemas vitales. Por otra parte el círculo de sus amistades vemos cómo se ha abierto y participa del contacto con la burguesía barcelonesa de la época.

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NADA LEO, 13

En este capítulo Andrea continúa descubriendo los ambientes artísticos y bohemios de otros compañeros de la facultad y amigos, también, de Ena. Se habla de Pons, Guisols, … La descripción de Santa María del Mar también es reveladora y precisa. ¿Cómo es esta relación entre Pons y Andrea?

Una tarde encontré a Pons en la biblioteca de la universidad. Se puso muy contento al verme.
—¿Vienes mucho por aquí? Antes no te veía.
—Sí, vengo a estudiar… Es que no tengo libros…
—¿De veras? Yo te puedo prestar los míos. Mañana te los traeré.
—¿Y tú?
—Ya te los pediré cuando me hagan falta. Al día siguiente, Pons llegó a la universidad con unos libros nuevos, sin abrir.
—Puedes conservarlos… Este año han comprado en casa los textos por partida doble.

Yo estaba tan avergonzada que tenía ganas de llorar. Pero ¿qué le iba a decir a Pons? Él estaba entusiasmado.
—¿Ya no eres amiga de Ena? —me preguntó.
—Sí, es que la veo menos, por los exámenes…

Pons era un muchacho muy infantil. Pequeño y delgado, con unos ojos a los que daban dulzura sus pestañas, muy largas. Un día lo encontré en la universidad terriblemente excitado.
—Oye, Andrea, escucha… No te lo había dicho antes porque no teníamos permiso para llevar a chicas. Pero yo he hablado tanto de ti, he dicho que eras distinta…, en fin, se trata de mi amigo Guíxols y él ha dicho que sí, ¿entiendes?

Yo no había oído hablar nunca de Guíxols.
—No, ¿cómo voy a entender?
—¡Ah! Es verdad. Ni siquiera te he hablado nunca de mis amigos… Estos de aquí, de la universidad, no son realmente mis amigos. Se trata de Guíxols, de Iturdiaga principalmente…, en fin, ya los conocerás. Todos son artistas, escritores, pintores…, un mundo completamente bohemio. Completamente pintoresco. Allí no existen convencionalismos sociales…, Pujol, un amigo de Guíxols…, y mío también, claro…, lleva chalina y el cabello largo. Es un tipo estupendo… Nos reunimos en el estudio de Guíxols, que es pintor…, un muchacho muy joven…, vamos, quiero decir joven como artista, por lo demás tiene ya veinte años, pero con un talento enorme. Hasta ahora no ha ido ninguna muchacha allí. Tienen miedo a que se asusten del polvo y que digan tonterías de esas que suelen decir todas. Pero les llamó la atención lo que yo les dije que tú no te pintabas en absoluto y que tienes la tez muy oscura y los ojos claros. Y, en fin, me han dicho que te lleve esta tarde. El estudio está en el barrio antiguo…

Ni siquiera había soñado que yo pudiera rechazar la tentadora invitación. Naturalmente, lo acompañé.
Fuimos andando, dando un largo paseo, por las calles antiguas. Pons parecía muy feliz. A mí me había sido siempre extraordinariamente simpático.
—¿Conoces la iglesia de Santa María del Mar? —me dijo Pons.
—No.
—Vamos a entrar un momento si quieres. La ponen como ejemplo del puro gótico catalán.

A mí me parece una maravilla. Cuando la guerra la quemaron…

Santa María del Mar apareció a mis ojos adornada de un singular encanto, con sus peculiares torres y su pequeña plaza, amazacotada de casas viejas enfrente.
Pons me dejó su sombrero, sonriendo al ver que lo torcía para ponérmelo. Luego entramos. La nave resultaba grande y fresca y rezaban en ella unas cuantas beatas. Levanté los ojos y vi los vitrales rotos de las ventanas, entre las piedras que habían ennegrecido las llamas. Esta desolación colmaba de poesía y espiritualizaba aún más el recinto. Estuvimos allí un rato y luego salimos por una puerta lateral junto a la que había vendedoras de claveles y de retama. Pons compró para mí pequeños manojos de claveles bien olientes, rojos y blancos. Veía mi entusiasmo con ojos cargados de alegría.

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UN POEMA CON FONDO Y CON FORMA UN POEMA EN LA CORTEZA DEL ÁRBOL

¿Qué más quieres, qué más quieres? Acude lo antes posible a la página que te enlazo, piensa intensamente en lo que más quieras.(Los poemas se hacen con aquellos sentimientos verdaderamente intensos) Escríbelo. Ahora se te abre la segunda oportunidad de que esas palabras sean únicas. No la desaproveches, busca la forma que creas que las conviene.(Lu trabajó una propuesta «manual» semejante). Mejor, busca la opción que te permitirá, a ti, dibujar esa forma. Hazlo. Allá en el fondo de esa forma y de esas palabras, estará todo tu sentimiento, eso es lo que te importa.

Con el botón de la derecha debes guardar tu poema visual. No te entretengas. Ya sólo tienes que subirlo a una nueva entrada de tu blog. Lo habrás logrado.

¡Y espero que me avises (pon suficientes enlaces) para que pueda verlo!




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EL SUEÑAPALABRAS

Existe un pasapalabra en este blog y también un abrazapalabras . Nos faltaba un sueñapalabras pero ya lo encontré. Lo tenía Lucía Borsani , conocida por su locura lunática. En su blog nos ha definido el SUEÑAPALABRAS como » poesía en acción, cometa milagrosa rebosante de versos«.

Abro con su permiso, un capítulo nuevo de ese sueñapalabras y os propongo que dejéis aquí (o en vuestro blog) esos versos locos que generan vida sorprendente. Esos versos como cometas. Esos versos rebosantes de emociones. …