262 Evocación, cuando un amigo se va

Publicado el 10 mayo 2015
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Ha muerto estos días, (abril 2015) una de las personas que más ha influido en la visión que tiene el mundo sobre América Latina: Eduardo Galeano. No es nada extraño ya que todos los días mueren miles de personas de forma natural, por enfermedad o por accidente. Y aún podemos añadir los que mueren en guerrillas, atentados, guerras, …Todos de una u otra forma algún día moriremos.

GALEANO-IMAGEN

¿Cómo nos quedamos las personas que perdemos a quienes mueren? Vacíos, confusos, inquietos, existencialistas,… De ese amasijo de sentimientos salen las evocaciones y los recuerdos que vuelven, de esos sentimientos surgen palabras que quieren llenar los vacíos recién estrenados. Cuando encontramos las palabras con las que recuperar la memoria de quien se ha ido hacemos una evocación. Las evocaciones tienden a quedarse con lo mejor de la persona desaparecida, intentan alargar su presencia, nos tocan el corazón.

Aquí el ejemplo sobre Galeano expresado por Monegal en “El Periódico”:

¿Te acuerdas de aquel día que estábamos en la terraza y uno se acercó y te dijo que estabas calvo y que acabarías como Yul Brinner? Tú le contestaste: «Si los pelos fueran importantes estarían dentro de la cabeza, no fuera». Luego me contaste que eso lo aprendiste de un sabio barbero de Montevideo, un tipo notable, de retranca muy profunda. ¡Ahh! Eran aquellos tiempos de Calella de la costa. Aquel final de los 70. Hacíamos paellas mirando al mar. Eramos todavía jovencitos treintañeros, pero ya nos orgullecía comenzar a tener el coco peladito. Tú y Helenita Villagrá teníais una perrita. Un poco estrafalaria, todo hay que decirlo. La naturaleza fue con ella bastante cicatera. No le dio el don de la belleza. Pero era simpatiquísima. La queríais mucho. En realidad tú querías a todo bicho, bípedos implumes incluidos, que se acercasen con la honestidad de una sonrisa. No soportabas los mezquinos. Los olías a distancia. No te equivocabas nunca. Te habías venido para acá huyendo de aquella locura. Luego te volviste a marchar. Pero solías regresar, cada dos años como mucho, cuando despuntaba el estío. Parabas en Barcelona. Te gustaba el Hotel Colón. A cada viaje, solíamos cenar y me ponías al día. ¿Te acuerdas cuando me contaste lo de aquel pobre jubilado que le habían atrapado sus ahorros en el corralito? Me explicaste que se presentó en el banco con una granada de mano y espetó «O me dan mis ahorros o volamos todos». Le cogió la policía y descubrió que la granada era de juguete. El fiscal pidió 14 años de prisión. Y tú, mirando por la ventana del hotel la imponente catedral que se erigía ante nosotros, añadiste: «Pedía 14 años de prisión para el jubilado, no para el banco». ¡Ahh! Esas pinceladas tuyas. Todos tus libros están hechos con este puntillismo de pincel fino. Siempre andabas con una libretita, anotando lo que oías. Luego le dabas una vuelta, lo pasabas por tus pelos de la cabeza, los de dentro, y brotaba un paisaje tan tremendo como lúcido. Una vez le dijiste a Iñaki Gabilondo, en CNN +, lo que escuchaste decir una noche en Buenos Aires a una pobre señora que pedía en una esquina: «El dinero es como el agua salada; cuanto más beben, más sed les da». Es muy posible que no dijera exactamente eso la humilde dama de esa esquina. Fue tu pincel el que le dio ese enérgico y contundente colorido.

Cuando nació nuestro primer hijo, ¿te acuerdas?, vinísteis tú y Helenita, a casa, y escribiste en su cuaderno de bebé: «Blai, querido, te agradecemos tu alegría de vivir y te pedimos que no la pierdas nunca». No la hemos perdido, Eduardo, esa alegría. Ni siquiera ahora que tú, aparentemente, te has ido. No te digo chau. Nunca te lo dije. Te digo como siempre, de calvo a calvo, hasta luego, hermanito.

Piensa en alguien por el que sentiste algo y que haya muerto. Haz tu evocación. Busca las palabras que nos sirvan para volverlo a tener presente y evocarlo. Busca recursos en el ejemplo o crea los tuyos.

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