203 Imaginar un final

Publicado el 25 enero 2015
Archivado en Narración | 1 comentario

Características:

Propuestas:
Hay historias que no necesitan final. Para qué. Es mejor que cada lector pueda pensar lo que su imaginación le permita o quiera. La historia de cortazar continúa en nosotros una vez que acabamos su lectura. Me refiero a la “Continuidad de los parques” tan famosa. Una obra maestra que nos desgrana de forma detallada todo lo que puede significar la lectura y su influencia en nuestra vida. No tiene límites esta historia porque nace en el interior de un libro pero recorre todas nuestras fantasías vitales en una sola página.

 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

¿Qué te parece si tras llegar a la habitación en la que el hombre lee su novela continúas tú, lentamente, imaginando un nuevo párrafo que descargue tus inquietudes imaginativas?

Respuestas:

Pese al inminente peligro que aquello suponía no se despegó de la novela. El amante empezó a acercarse lentamente dejando entrever por debajo de la manga el filo del cuchillo, un destello de luz que llegaba desde el ventanal encontró fugaz aposento en este. Tenía el poder de acabar con la intensa problemática con solo cerrar el libro, por supuesto no lo hizo, un buen lector nunca deja una novela a medias. Sintió los pasos detrás suyo. Agudizó sus sentidos, oyó el suave silvido de la hoja hendiendo el viento. sintió el frío tacto del cuchillo en su yugular. Vió brotar la primera gota de sangre, que dibujo un perfecto punto en el final de la frase inacabada que estaba leyendo, se le nubló la vista y cogió satisfecho la mano que la muerte le brindaba, dispuesto a sentir el eterno y gélido descanso.

(Víctor Martín Pujol)

Comentarios

Una respuesta para “203 Imaginar un final”

  1. Ramón Rodríguez on septiembre 18th, 2015 10:22 am

    Desde el murmullo de las entrelineas él podía acercarse a ella, que sin pudor alguno no esperó la mirada para escabullir su mano hasta la espalda del sillón, mientras acariciaba su rostro disonante y entumecido dejando caer su mano inocente como caen las lágrimas de dolor, insertó la muerte mediante ese viejo sillón que no colocó resistencia, y su mano sobrecaía por su pecho como mano que busca pasión, su cuerpo se erizaba con el encuentro furtivo del metal y la piel, en ese momento los perros ladraron, ladraron porque lo sabían, y sus miradas se encontraron desatando un sentimiento sordo, sin más preámbulo, el libro se cerró entre sus piernas mientras que su mano tocaba la de ella, paulatinamente sus manos se encontraron en un juego de gatos, durante un funeral absuelto de personas, los arboles rechinaban alarmados por la brisa húmeda y fugitiva, sin incomodidad alguna él volteó a sus bruces y la tomó por la cara, sus miradas se volvieron a encontrar otra vez para ser la última mientras le decía “te esperaba”.

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